El radón tiene una característica que lo hace especialmente difícil de percibir: podemos estar expuestos durante años sin saber que está presente.
No tiene color, olor ni sabor. No irrita los ojos, no provoca un dolor de cabeza que nos avise y no deja señales visibles dentro de una vivienda.
Sin embargo, la relación entre la exposición prolongada al radón y el cáncer de pulmón está sólidamente establecida. La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) clasifica el radón-222 y sus productos de desintegración como carcinógenos para los seres humanos, y la Organización Mundial de la Salud lo considera una de las principales causas de cáncer de pulmón.
Por eso hablar de radón y salud no significa generar alarma. Significa entender un riesgo que podemos medir y, sobre todo, reducir.
¿Qué ocurre cuando respiramos radón?
El radón es un gas radiactivo de origen natural que se forma a partir de la desintegración del uranio presente en rocas y suelos.
Cuando llega al aire, el radón también se desintegra y genera productos radiactivos. Al respirar, esas partículas pueden depositarse sobre las células que recubren las vías respiratorias y emitir radiación capaz de dañar su ADN. Con el tiempo, ese daño puede contribuir al desarrollo de cáncer de pulmón.
No se trata de una intoxicación aguda.
El riesgo está relacionado principalmente con la concentración de radón y la duración de la exposición. Cuanto mayor sea la concentración media a la que una persona está expuesta durante años, mayor será el riesgo.
Ahí está precisamente la importancia de conocer lo que ocurre dentro de una vivienda.
Radón y cáncer de pulmón: qué dicen los datos
La relación dosis-respuesta está bien documentada.
Según la Organización Mundial de la Salud, el riesgo de cáncer de pulmón aumenta aproximadamente un 16 % por cada incremento de 100 Bq/m³ en la concentración media de radón a largo plazo.
Además, la relación se considera lineal: el riesgo aumenta progresivamente a medida que lo hace la exposición. No existe una frontera por debajo de la cual podamos afirmar que el riesgo desaparece por completo.
La OMS estima que, dependiendo de la concentración media de radón y de la prevalencia del tabaquismo de cada país, aproximadamente entre un 3 % y un 14 % de los cánceres de pulmón pueden atribuirse a la exposición al radón.
Por tanto, ese 3–14 % no debe interpretarse como una cifra específica para España ni como un porcentaje aplicable por igual a todos los territorios.
Radón y tabaco: una combinación especialmente importante
El tabaquismo sigue siendo el principal factor de riesgo para el cáncer de pulmón.
Pero cuando tabaco y radón se combinan, el riesgo es considerablemente mayor.
La OMS señala que el radón tiene muchas más probabilidades de causar cáncer de pulmón en personas fumadoras y estima que los fumadores presentan alrededor de 25 veces más riesgo asociado al radón que los no fumadores. Esto se debe al fuerte efecto combinado de ambas exposiciones.
Esto no significa que el radón sea únicamente un problema para quienes fuman.
Las personas que nunca han fumado también pueden desarrollar cáncer de pulmón relacionado con la exposición al radón. Por eso reducir su concentración es relevante independientemente de que haya o no fumadores en la vivienda.
¿El radón produce síntomas?
Este punto es especialmente importante porque circula bastante información confusa.
La exposición al radón no produce síntomas específicos que permitan saber que está presente.
No podemos sospechar que una casa tiene mucho radón porque alguien padezca cansancio, tos, dolor de cabeza o mareos.
Hasta la fecha, la OMS señala que no se han establecido otros efectos sanitarios relacionados con el radón distintos del cáncer de pulmón.
Si una persona desarrolla un cáncer de pulmón, la enfermedad sí puede producir síntomas, pero eso es algo completamente diferente a considerar esos síntomas una señal de exposición al radón.
Por eso esperar a “notar algo” no sirve como método de prevención.
El radón se detecta midiendo, no observando síntomas.
¿Qué significan los 300 Bq/m³ para la salud?
España establece para el radón en espacios cerrados un nivel de referencia de 300 Bq/m³, expresado como promedio anual, tanto para viviendas y edificios de acceso público como para lugares de trabajo.
Es importante entender correctamente qué significa esa cifra.
No es un límite que separe de manera absoluta una zona “segura” de otra “peligrosa”. De hecho, la normativa española establece que el principio de optimización de la protección sigue aplicándose incluso por debajo del nivel de referencia.
La OMS propone que los países establezcan, siempre que resulte posible, un nivel de referencia de 100 Bq/m³ y que, cuando las circunstancias nacionales dificulten alcanzarlo, este no supere los 300 Bq/m³.
La lógica es sencilla: cuanto menor sea la exposición prolongada al radón, menor será el riesgo.
¿Quién debería prestar especial atención al radón?
No hace falta crear una lista artificial de personas “vulnerables”.
Lo fundamental es pensar en la exposición.
Una persona que pasa muchas horas durante años en un espacio con una concentración elevada acumula una exposición mayor que otra que apenas utiliza ese espacio.
Por eso adquieren especial importancia las viviendas habituales, los dormitorios y salones, los lugares de trabajo y, en general, las estancias ocupadas durante periodos prolongados.
También conviene prestar atención a plantas bajas, sótanos y zonas en contacto con el terreno, porque suelen presentar una mayor probabilidad de entrada de radón.
Y, como hemos visto, el tabaquismo añade un factor de riesgo especialmente importante.
¿Cómo podemos reducir el riesgo para la salud?
No podemos eliminar el radón del terreno, porque forma parte de procesos naturales que seguirán produciéndose.
Lo que sí podemos hacer es reducir nuestra exposición dentro de los edificios.
El primer paso es saber si existe un problema mediante una medición suficientemente representativa.
Si la concentración resulta elevada, existen diferentes medidas para reducirla: desde determinadas estrategias de ventilación y sellado hasta barreras frente al radón, ventilación de cámaras o sistemas de despresurización del terreno.
La solución adecuada dependerá del edificio y de los resultados obtenidos.
Por eso el proceso más sensato es:
medir, diagnosticar, actuar y volver a medir.
La medición posterior permite comprobar si la actuación ha conseguido realmente reducir la concentración.
Radón y salud: información para poder prevenir
Quizá lo más inquietante del radón sea precisamente lo que no hace.
No huele.
No se ve.
No provoca una señal inmediata.
No nos avisa de que está presente.
Pero eso no significa que estemos indefensos.
Sabemos cuál es su principal efecto sobre la salud. Sabemos que el riesgo aumenta con la concentración y el tiempo de exposición. Sabemos que el tabaquismo incrementa considerablemente ese riesgo. Y también sabemos que existen métodos eficaces para reducir las concentraciones de radón en edificios.
Por eso la prevención empieza con algo tan sencillo como sustituir una incógnita por un dato.
En Tu Hogar 10 trabajamos en la medición, diagnóstico y control del radón en viviendas y edificios. Cuando una medición detecta concentraciones que requieren actuación, estudiamos las características del inmueble para plantear la solución adecuada.
Porque el radón no se puede detectar con los sentidos, pero sí se puede medir. Y reducir la exposición es la mejor manera de reducir el riesgo.






